Por: María de los Ángeles Huerta del Río
Entre la primera y la segunda vuelta de Brasil, Lula se dio cuenta de algo fundamental: *la época en la que la democracia solo se decidía en la calle se acabó. Y esto no es una frase bonita. Es una advertencia.
«Necesitamos una política compleja que contemple las batallas de campo y al mismo nivel las batallas digitales. Hay que olvidarse de la democracia como la entendíamos antes», dice Diego Ruzzarin. Y tiene razón.
La hazaña de haber consolidado una militancia digital de 10 millones de personas en tres semanas no es un detalle menor. Es un ejemplo para el mundo. Lula ganó por 4.4 millones de votos, y una de las cosas que cambiaron entre la primera y la segunda vuelta fue entender que había que combatir los ejércitos de bots con ejércitos de verdadera militancia digital.
Pero para entender por qué esto funcionó, hay que partir de una verdad de fondo que muchos en la izquierda olvidan cuando se ponen a dar sermones: son las condiciones materiales las que determinan las superestructuras ideológicas.
Es decir, no se le puede pedir al pueblo que desmienta solo, con buena voluntad, la cantidad monstruosa de mentiras a las que está sujeto todo el tiempo. El pueblo no está desinformado porque sea tonto. Está desinformado porque hay una maquinaria material —plataformas, algoritmos, dinero, granjas de bots— diseñada para desinformarlo.
Mientras esas condiciones no cambien, ningún llamado a la conciencia va a alcanzar.
Eso fue lo que Lula entendió. Y eso es lo que México tiene que entender.
El diputado brasileño que organizó esta milicia digital lo que hizo, para empezar, fue crear un grupo de Telegram. En días tenía 50 mil seguidores. Poco después, 10 millones. Esos 10 millones dieron la batalla comunicacional y lograron el triunfo del presidente brasileño. No fue magia. Fue organización.
Pero ojo: los bots se combaten con bots, sí, y con militancia real, también. Pero eso no basta. Se necesitan políticas públicas. Se necesita regulación de redes sociales.Porque Meta, Twitter, TikTok y todas esas empresas son empresas privadas y tienen que tener reglas claras, como las tiene cualquier empresa privada. No se puede dejar la verdad en manos de la buena voluntad del pueblo frente a una aplanadora que produce mentiras por sistema. Ahí está la clave materialista: *si las condiciones no cambian, la conciencia no cambia sola.
La propuesta concreta es esta: limitar el uso de redes sociales donde la mentira es parte del contenido. Banear esas prácticas. Castigar a quienes mienten por sistema, a los concesionarios y comunicadores que levantan falsos y afectan al pueblo con su desinformación. Tratar las noticias falsas como lo que son: crímenes digitales. Porque en la vida real una mentira que daña es un crimen, y en las redes también.
Se necesita mano dura contra esos criminales de la verdad.
Y hay algo más: *hay que ponerle obstáculos a la injerencia extranjera. Esa injerencia digital del capitalismo y el neofascismo que atenta contra la verdad y la democracia de nuestros países.
Exigirle al gobierno que tenga procesos claros contra esa intromisión. Porque no es casualidad que las plataformas privadas defiendan los intereses extranjeros por encima de los intereses de la clase trabajadora.
Meta es lo peor de todo. Twitter no es tan peligroso porque no tanta gente lo ve. Pero Meta, con sus algoritmos, es una fábrica de percepciones. Y contra eso no se puede solo con discursos.
Los brasileños también se dieron cuenta de algo que suena frívolo pero no lo es: el objetivo actual de cualquier político es que su contenido se vuelva un meme. Porque la gente recuerda un meme, te recuerda. La clase artística también fue parte de la estrategia de Lula, como lo fue de Andrés Manuel en su momento. No se puede desdeñar la cultura popular cuando se pelea por la conciencia de un pueblo.
Todo esto tiene una lógica que hay que honrar. Un verdadero soberanista de izquierda sabe que el pueblo solo y desinformado no puede salvarse a sí mismo. No porque el pueblo no valga, sino porque *las condiciones materiales determinan lo que piensa, lo que cree, lo que vota. Cambiar esas condiciones es la tarea. Y eso implica regular, prohibir, castigar, organizar, construir medios propios, alfabetizar mediáticamente y pelear meme a meme, bot a bot, relato a relato.
Brasil acaba de demostrar que se puede. Lula está en la presidencia y Bolsonaro huyó a Estados Unidos a resguardarse con sus congéneres trumpistas y fascistas. No todo está perdido en Latinoamérica. Pero hemos ganado solo tiempo, y ese tiempo hay que usarlo para reestructurar la fuerza del soberanismo y los gobiernos populares en todo el continente.
México no ha caído. Pero el cartel de la mentira ya opera aquí con todo. Y la lección de Brasil es clara: no hay manera de construir hoy una batalla política sin contemplar la batalla digital* . Quien no lo entienda, pierde.

